Territorialidad y cultura

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Caminos para mirar el arte

Es un ciclo que se propone mostrar las obras de los diferentes artistas locales. Gracias a su inmensa generosidad accedemos al interior de sus casas, sus talleres, sus trabajos en proceso, sus vidas.

“El proceso de mirar pinturas o de mirar cualquier otra cosa es menos espontáneo y natural de lo que se tiende a creer. Una gran parte del mirar depende del hábito y la convención. La perspectiva centra todo en el ojo del observador, igual que el rayo de un faro sólo que en vez de ser luz que viaja hacia afuera, las apariencias viajan hacia adentro y nuestra tradición del arte llama a esas apariencias “realidad” – John Berger.-

“Soy Cristian Bürki, soy un discapacitado visual y motriz que encontró en el arte una forma de escapar a la que me tocó”, dice Cristian, como aceptando y habiendo burlado  un destino.

En un primer tiempo con la pintura, más adelante  – a medida que sus limitaciones y el esfuerzo por superarlas se lo permitieron – se acercó a la escultura en chapa batida que es un forjado en frío, con martillo, bigornia y soldadura. Todas esas técnicas están plasmadas – por ejemplo – en un cráneo que “lo tomó”, – como él mismo describe – durante la cuarentena, está muy presente la idea de dejarse interesar, apresar por una obra hasta terminarla.

 

Convoca, además, a mirar de cerca y desde otros ángulos, tanto esa obra como el proceso de creación; para des-cubrir que cada martillazo es una descarga, cada soldadura un intento de suturar el dolor y que  – finalmente –  la obra terminada se vuelve una marca que reafirma la cura sin borrar las huellas.

El rostro se le parece – no es solo un cráneo – es mucho más que eso, se lo ve a él entero, fuerte, brillante después de haber amasado en ese trabajo un poco de la infancia con su abuelo, algo  de su paso por el colegio Industrial, los recuerdos, las vivencias…todo está allí.

Cristian tiene pase libre a la estación creativa cada vez que entra a su taller, allí se sacude el lastre de las limitaciones y vuela sereno, siente que ese es verdaderamente él.

No deja escurrir las ocurrencias, sigue el hilo del impulso  y ahí está de nuevo esa fuerza misteriosa que él nombra como “locura”; cuando sentado en un sillón y desde la televisión una imagen de algunos gladiadores lo provoca, lo empuja directo al taller, a las herramientas, a ese amasijo de sentimientos, emociones y técnicas que va a terminar – esta vez – en máscaras.

Los papeles y lápices de su niñez aparecen ubicados como pistas de un futuro ligado al arte, se divierte con la historia de un barrilete que fabricó en la escuela con papel de color rosa, su timidez le impidió quejarse del color  que le asignaron, aunque llegó una maestra que decidió romperlo porque notó una incompatibilidad entre el color de la obra  y el género artista. Toda una marca de época.

Las palabras tienen  peso, pero también liberan. Cristian eligió algunas para su taller, lo llamó: “El ocio de un inútil”  porque es justamente allí donde se libera de ese otro de sí mismo que le pesa.

“Cuando el inútil está ocioso me deja hacer”  – dice – dejando claro que es capaz de oír el latido del deseo más allá de las carencias.

Es lógico entonces que le cueste deshacerse de sus creaciones, que vuelva obsesivamente sobre ellas, que las deje, las retome, las proteja de sus propios impulsos. Se establece una relación muy particular  entre esa obra y él, porque en la medida en que logra detenerse empieza a gestarse una nueva.

Burki tiene una amplia obra y vive en Venado Tuerto desde hace años, se impone la pregunta, ¿quién padece de ceguera?

“Mi obra está dedicada a mi abuelo y a mi familia porque sin ellos no sería nada”, Cristian Burki

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